Corazón de Ulises - Javier Reverte

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Reseña:

 

Javier Martínez Reverte (Madrid, 1944) es un escritor y periodista español.

Estudió filosofía y periodismo. Ejerció como periodista durante casi 30 años, trabajando como corresponsal de prensa en Londres (1971-1973), París (1973-1977) y Lisboa (1978) y como enviado especial en numerosos países de todo el mundo. También ha ejercido como articulista, cronista político, entrevistador, editorialista, redactor-jefe de mesa, reportero del programa En_Portada de TVE y subdirector del desaparecido diario Pueblo.

Atraído desde siempre por la creación literaria, ha trabajado como guionista de radio y televisión y ha escrito novelas, poemarios y libros de viajes.

Es hermano del periodista e historiador Jorge Martínez Reverte.

 

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Corazón de Ulises

 

He llegado a Ítaca hace unos días y en breve prepararé mis bártulos de nuevo para llegarme hasta Alejandría, el último destino de mi periplo antes de regresar a España. El camino que he dejado atrás se me hace hoy muy largo en el tiempo. He recorrido el Peloponeso, las aguas del Egeo, la costa oriental de Turquía y las orillas del mar Negro. Regresé luego a Grecia por el norte y descendí para detenerme unos días en Atenas. De allí, viajé hasta el extremo occidental del canal de Corinto y navegué hacia la isla de Ítaca, en la que ahora me encuentro. Queda la escala final del viaje: la ciudad egipcia de Alejandría, donde se cerró aquella esplendorosa civilización que fue la griega.

 

                                                 

 

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Un buen número de estudiosos afirman que Homero nunca existió, que quizá no fue un hombre singular, sino tan sólo un espejismo o una creación de los bibliotecarios de Alejandría. Es un pensamiento que produce vértigo.

Durante siglos, las dudas sobre la existencia del vate han sido constantes. Algunos estudiosos insisten en señalar que no hubo un Homero, sino varios, y que, tras el nombre del supuesto autor, se escondía un colectivo de poetas-recopiladores de la literatura oral anterior a la escritura. Jaeger, por ejemplo, no cree en la existencia del poeta, y otros afirman que la Ilíada es un poema mucho más antiguo que la Odisea. Pero las investigaciones de los últimos años tienden a afirmar la realidad de Homero. "La magnífica estructura de estos dos grandes poemas", se lee en la Historia de la Literatura, de la Universidad de Cambridge, "es casi seguro, en cada caso, creación de un solo poeta, oral o por escrito".

Estructura y también tradición, pues a lo largo de la historia de la civilización griega pocos pusieron en cuestión la existencia del poeta que había educado a toda Grecia con sus cantos, en palabras de Platón, y que había también llevado alprimer y más alto rango la palabra escrita, convirtiendo en literatura lo que, hasta él, era tan sólo tradición oral. Si es cierto que, antes de Homero, hubo en Grecia poetas y público, es sólo a partir de Homero que comienza a haber libros y lectores. Y si la arqueología ha probado que muchos de los personajes y las acciones que relatan los poemas homéricos tienen una base real, ¿por qué dudar de la existencia de su autor?

Se cree que el alfabeto griego, y con él la escritura, nació y se desarrolló en Grecia en la segunda mitad del siglo VIII a.C, en el tiempo que fueron escritos los poemas épicos de Homero. Los griegos no inventaron el alfabeto, sino que lo importaron de los fenicios, lo mismo que les copiaron las quillas para sus naves, la popa redonda para los barcos mercantes que llamaron "corceles del mar", la combinación entre el remo y la vela y la navegación usando de la guía de las estrellas. Aquel ingenio de los griegos primitivos para la asimilación sólo era superado por su talento para transformar y mejorar lo que imitaban. Y al alfabeto fenicio importado de Siria, de origen lingüístico semita, los griegos le incorporaron las vocales, lo que supuso el salto definitivo en la técnica de la escritura. Las leyendas afirman que fue el rey Cadmo quien llevó este tesoro a la ciudad de Tebas, en Beocia. Pero fuese como fuese, nació la lengua escrita. "No puede dudarse", escribe Francisco R. Adrados en su Historia de la lengua griega, "de que, si ha de juzgarse por el influjo que ha ejercido en todas las lenguas europeas y, hoy ya, en todas las lenguas, el griego es la primera lengua del mundo".

Y así nació la literatura, cuando Homero usó por primera vez la nueva técnica para sus dos poemas, "la gran obertura de la literatura europea", como los califica también Rodríguez Adrados.

Antes, tanto en Grecia como en Micenas, existía un tipo de escritura de signos llamada lineal, que presenta dos tipos: la lineal A, más antigua, y la lineal B, previa al alfabeto. La primera no ha sido descifrada y es probable que representesignos de una lengua distinta al griego. Pero cuando el arqueólogo inglés Michael Ventris logró descifrar en 1953 la lineal B se encontró que era una forma de griego.

La escritura lineal, por lo menos en las tablillas encontradas hasta ahora, tanto en el Peloponeso como en Creta, no tiene nada de literatura. Sólo son inventarios de almacenes y palacios, enumeraciones de objetos, instrucciones para el trabajo, nada referido a historia ni a forma poética alguna y ni siquiera a la religión. Tienen el mismo interés, desde un punto de vista literario, que una declaración de Hacienda, como diría Lawrence Durrell.

De forma que, terminando el siglo VIII a.C, se produjo el gran milagro, fruto, más que de un matrimonio, de un ménage-á-trois: de un lado, el mundo de valores de los guerreros aristócratas de la Argólida, conservado y transmitido por el pueblo en la literatura oral; de otro, el alfabeto tomado de los fenicios y mejorado con la incorporación de las vocales; y en fin, el talento literario del que fuera el primero de los grandes escritores de la Historia, Homero, al que habría que sentar en un trono rodeado por Shakespeare, Cervantes y los autores de la Biblia.

 

 

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Micenas es un lugar muy pequeño y eso te asombra cuando has leído a Homero. En los poemas homéricos todo parece grandioso, como si sus versos hubieses sido escritos por los dioses. La Antiguedad, sin embargo, era mínima, casi raquítica y poco populosa. Viendo la pequeñez de los lugares descritos en la Ilíada y la Odisea, uno se da cuenta del valor de la palabra, de la audacia de la literatura, de cómo la fábula a punto está de hacerse realidad. El engaño crece, trepa sobre nosotros y llega a convertirse en carne. Tal vez Agamenón no era más que un cabrero armado hasta los dientes. ¿Qué importa, sin embargo?, podemos decir después de tantos siglos.

La exageración es la grandeza eterna de la palabra literaria.

 

 

Jorge

 

 

 

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